El movimiento no tiene edad: mi experiencia enseñando yoga en el CEAM
Cuando comencé a dar clases de yoga en el CEAM, (Centro de Activación para Adultos Mayores), sabía que tendría que adaptar mi manera de enseñar. Todas nuestras prácticas se realizan en silla y muchos de mis alumnos tienen movilidad limitada. Lo que no imaginaba era cuánto iba a cambiar también mi propia manera de mirar el envejecimiento.
Llegué pensando en todo lo que yo podía enseñarles y, con el tiempo, descubrí todo lo que ellos podían enseñarme a mí.
Una de las cosas que más disfruto de mis alumnos es su disposición para participar. Son curiosos, preguntan, observan y realmente disfrutan aprender algo diferente. Esto tiene todavía más valor cuando pienso que algunos llegan con ideas muy arraigadas sobre lo que significa practicar yoga.
En ocasiones existe la creencia de que el yoga es una religión o que puede entrar en conflicto con sus propias creencias religiosas. En lugar de ignorar estas inquietudes, he aprendido que es importante escucharlas y respetarlas. El yoga que compartimos en nuestras clases no pretende sustituir ninguna creencia. Nos concentramos en algo mucho más sencillo y accesible: respirar, mover el cuerpo dentro de sus posibilidades, prestar atención a cómo nos sentimos y regalarnos unos minutos de calma.
Lo hermoso sucede cuando, aun teniendo dudas, deciden darse la oportunidad de probar algo nuevo.
Poco a poco participan, se permiten experimentar y terminan disfrutándolo. Para mí, esa apertura es una enseñanza enorme. Me recuerda que nunca somos demasiado grandes para descubrir algo diferente ni para cambiar nuestra percepción sobre aquello que desconocemos.
Moverse también es conservar independencia
Trabajar con adultos mayores también me ha permitido observar algo que considero importante: muchas veces, desde el cariño y la preocupación, las propias familias pueden terminar limitándolos:
"Mejor no hagas eso porque te puedes caer."
"No camines tanto."
"No te esfuerces."
"Déjame hacerlo por ti."
Estas frases generalmente nacen del deseo de protegerlos. Sin embargo, proteger no siempre significa evitar el movimiento. Cuando una persona deja de realizar actividades que todavía puede hacer de manera segura, puede ir perdiendo poco a poco capacidades que son necesarias para su vida cotidiana.
El movimiento adaptado y realizado de acuerdo con las posibilidades de cada persona ayuda a conservar movilidad, fuerza, coordinación y autonomía. Por supuesto, esto no significa ignorar enfermedades, lesiones o riesgos de caída. Cada adulto mayor tiene necesidades diferentes y existen movimientos que deben modificarse o evitarse. La clave no está en exigirle al cuerpo aquello que ya no puede hacer, sino en descubrir todo aquello que todavía puede hacer.
Esa diferencia parece pequeña, pero para mí ha transformado completamente la manera de enseñar.
En el CEAM he tenido que aprender a mirar una postura de yoga y preguntarme: ¿qué buscamos realmente con este movimiento?, ¿podemos obtener ese beneficio sin levantarnos de la silla?, ¿cómo puedo hacerlo más sencillo?, ¿qué alternativa puedo ofrecer a quien tiene menos movilidad?
Así, la silla dejó de parecerme una limitación y se convirtió en una herramienta.
He aprendido que adaptar yoga no significa hacer un "yoga menor". Significa encontrar otra ruta para llegar al cuerpo.
Una comunidad que también se cuida
Hay otra parte de mis clases que me encanta y que no aparece en ningún manual de posturas: la manera en que ellos se relacionan entre sí.
Son profundamente participativos y empáticos. Si alguien no comprende un movimiento, muchas veces otro compañero intenta explicárselo o ayudarle. Se observan, se acompañan y están pendientes unos de otros. También se ríen muchísimo.
Son divertidos, cariñosos y muy querendones.
Ese ambiente hace que una clase deje de ser únicamente un espacio para ejercitar articulaciones y músculos. También se convierte en un lugar de convivencia, pertenencia y compañía.
Y quizá esa sea una de las cosas más importantes que he aprendido: el bienestar no solamente ocurre dentro del cuerpo. También sucede cuando alguien nos mira, nos escucha, nos espera y nos hace sentir que seguimos formando parte de algo.
Ellos también son mis maestros
Mi experiencia en el CEAM ha sido profundamente enriquecedora porque ha cambiado mi perspectiva sobre el adulto mayor.
He descubierto personas capaces, curiosas, divertidas y dispuestas a aprender. Personas que quizá necesitan modificaciones, más tiempo o una manera distinta de realizar determinado movimiento, pero que continúan teniendo muchísimo por experimentar.
Ellos me han obligado, en el mejor sentido, a ser una maestra más creativa. A dejar de pensar que una postura solamente puede hacerse de una manera. A observar mejor. A escuchar antes de indicar. A entender que el objetivo no es que todos los cuerpos se vean iguales, sino encontrar una práctica que pueda recibir al cuerpo que cada persona trae ese día.
Y después llega mi momento favorito…
Al terminar nuestra práctica hacemos una pausa. Después de movernos, respirar y compartir ese pequeño espacio juntos, abren nuevamente los ojos.
Hay algo que sucede en sus rostros que todavía me cuesta describir.
Veo agradecimiento en sus miradas, pero también veo calma. Y esa misma calma se transmite. Durante unos instantes pareciera que el salón entero cambia de ritmo.
Entonces recuerdo por qué estoy ahí.
Estoy profundamente agradecida por la oportunidad de compartir yoga con ellos y también por la manera y las circunstancias que me llevaron hasta ese lugar. Porque mientras yo intento enseñarles movimiento, respiración y atención, ellos me enseñan algo quizá todavía más importante: que envejecer no significa dejar de aprender, de reír, de intentar ni de sorprenderse.
Cada vez que termina una práctica, siento que ellos se llevan algo de la clase.
Pero yo también me llevo algo de ellos.
Y casi siempre es algo muy bello que se queda conmigo, guardado en el corazón
Irma Karina Guaderrama Carrillo
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