Habitándote en el duelo: Cómo el yoga cura lo que las palabras no pueden.
Soy Violeta, y meses atrás perdí a mi mamá después de tener varios años luchando con su salud, los últimos meses de su vida me sentí perdida, como si estuviera fuera de mi cuerpo y funcionara porque tenía que hacerlo, no había de otra; cuando mi mamá perdió su lucha me sentí devastada, enojada y muy agotada, a pesar de haber estado todo ese tiempo en terapia y estar acompañada por familia y amistades ; el yoga me regresó a mí.
El duelo no solo es un proceso emocional es una experiencia que se siente en todo el cuerpo.
Usualmente al pasar por el duelo no solo sientes ese vacío que se creó con la despedida de aquel ser querido que hoy no está físicamente junto a ti, sino que el cuerpo somatiza múltiples sensaciones físicas como; nudos en la garganta, dolores u opresiones en el pecho, tensión en todo el cuerpo, dolores de cabeza repentinos, sarpullidos, entre otras cosas el cerebro procesa el dolor emocional en las mismas regiones que procesan el dolor físico.
El estrés crónico producido por la muerte de un ser querido o una transición de vida profunda satura el cuerpo de cortisol y adrenalina. El sistema nervioso también se ve afectado, ya que, al atravesar por esto, el cerebro lo interpreta como una amenaza, lo cual puede provocar: ansiedad, insomnio y niebla mental.
El yoga actúa directamente sobre estas respuestas fisiológicas estimulando el sistema nervioso parasimpático al enfocar la atención en el presente ayudando al cerebro a recibir un mensaje importante y claro: en este momento, aquí y ahora estamos a salvo.
Esto fue lo que me ayudó a sentirme de nuevo en mi propio cuerpo. En un principio tuve una fuerte lucha interna, siempre buscando la alineación perfecta y la flexibilidad más extrema posible, pero gracias a mis maestras, maestros, compañeras y compañeros me permití soltar esa coraza muscular y aprender a disfrutar de los asanas, moviéndome de forma consciente sin exigencias y sin juzgarme, y así, durante el movimiento en mi práctica, permitir que toda aquella energía estancada encontrara una salida a través de este.
El mat se volvió poco a poco un espacio donde no tenía que "estar bien", fingir fortaleza o hacerme la dura; si durante una postura surgían las lágrimas, la rabia o el dolor, mi práctica me permitía y me enseñó a observarlas y aceptarlas sin intentar cambiarlas, siendo muy consciente de que, como todo en la vida, eso también era pasajero.
Sin dejar de lado lo importante que fue volver a permitirme respirar conscientemente, conectando así mi cuerpo y mi mente en uno solo, aprender diferentes tipos de pranayamas y para qué servía cada uno [ya sea para calmar, para energizar o para favorecer el descanso] me ayudó directamente a soltar y desbloquear toda aquella tensión acumulada y me permitió contar con herramientas para ayudarme a mí misma durante cualquier ataque de ansiedad
En resumen, el yoga no eliminó mi dolor, tampoco aceleró o cambió las etapas de mi duelo, pero sí me enseñó a sostener la pérdida con mayor amabilidad, recordándome que, aunque mi entorno cambió drásticamente, mi cuerpo sigue siendo ese hogar al que puedo regresar a sentirme segura.
Violeta María Álvarez Aviña
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